jueves, 22 de marzo de 2012

Un ladrillo más en la pared

Es difícil contestar en pocas palabras cuando los amigos le preguntan a uno “y? como estuvo The Wall en Buenos Aires?”

Los sentimientos son encontrados.
Por un lado el sueño realizado de aunque sea ver a una parte de la relojería musical que era Pink Floyd en vivo, y nada menos que haciendo una de sus obras cumbres que es además, un hito en la historia del rock de todos los tiempos.
Por otro lado, la sensación de que no estuvo en Núñez la esencia de lo que uno quería ver.
El espectáculo DESLUMBRA pero no CONMUEVE.

 
 Tengo la impresión de que la tecnología que nos ha invadido en los últimos 20 años puede (y lo es) ser maravillosa en muchos aspectos, pero en otros, y aunque parezca un contrasentido, nos saca lo maravilloso de otras cosas.


Hemos perdido capacidad de asombro.

Sobre fines de 1989, Roger Waters montó una maquinaria tecnológica increíble para llevar adelante “The Wall” en vivo en las puertas de Brandenburgo como homenaje a la caída del muro de Berlín.


Cuanto tiempo nos duró el asombro ante la perfección y coordinación que significaba, entre otros, ver el último ladrillo cerrar el muro con exactitud cronométrica al final de la primera parte de la obra? Cuantos vimos por primera vez en una pantalla de TV a Van Morrison o a Joni Mitchell? Cuanto tiempo nos quedamos de boca abierta reteniendo la imagen de un apartamento montado sobre el muro y que poco a poco iba siendo destruido por Pink? O Scorpions montados sobre remises con toda la parafernalia neonazi (en ese contexto político!!) cantando “In the flesh”? Seguramente, esa sensación de haber visto algo increíble perduró mucho tiempo en nuestra cabeza.
Pero además de haber sido aquel un espectáculo apabullante, se puede decir que era un espectáculo “humano”: Van Morrison y The Band: desafinan en alguna parte del coro de “Mother”, Waters hace sus interpretaciones vocales dentro de sus conocidas limitaciones, Cindy Lauper intenta “robarse” un espectáculo del que apenas es una protagonista.
Un show “humano”.

En River, vimos el sábado pasado el mayor despliegue escénico que jamás podía haber imaginado.
Un muro de 80 metros de largo que se incrustaba literalmente en las tribunas laterales del estadio con una altura de 15 metros con lo cual los músicos pasaban prácticamente desapercibidos.
Sobre el muro de esas dimensiones se proyectaban permanentemente imágenes de una definición asombrosa.
Las luces, los laser, el avión que aparece desde el otro lado del estadio y se estrella contra el muro, los gigantescos muñecos inflables, el consabido cerdo volando entre la gente, conforman un espectáculo visual que no da respiro.

La música tiene una calidad de sonido, una perfección que uno por momentos piensa si los tipos están tocando o es una grabación.

Demasiado perfecto. No hay lugar para la improvisación.
Excepto el solo de guitarra de “Comfortably numb”, creo que ninguno de los músicos se sale del libreto.
Y luego está lo de Waters. Hace playback.
Si uno lo toma como que lo que ha ido a ver es un espectáculo global que encierra diversas disciplinas, se puede admitir. Si se tratase solo de un recital de música difícilmente lo aceptaría.

 
El tema es, que siendo Waters un tipo con una postura ideológica que predica a diestra y siniestra , me parece que lo menos que se le puede pedir es que por respeto al público que paga una entrada, se le avise de antemano el asunto.

Habría mucha tela más para cortar…… los aviones que invaden la pantalla bombardean los campos con símbolos que hacen a la civilización del siglo XX para adelante: símbolos de pesos, cruces cristianas, la hoz y el martillo, la estrella de David, la del Mercedes Benz, curiosamente no está la esvástica nazi.
El cerdo volador también lleva la palabra Capitalismo escrita con los caracteres de Coca Cola,
todos los símbolos alienantes y que Waters denuncia como demonios llegados a destruir la civilización…… pero por otro lado se levanta 30 palos verdes por 10 actuaciones solamente en Buenos Aires.

Está bien, está en todo su derecho. Pero parece un poco incoherente una cosa con la otra.

De pronto el amigo Roger, como su propio personaje Pink, se está volviendo frío como una hoja de afeitar, seco como un tambor funeral, comfortablemente insensible.

1 comentario:

Francisco Mendez dijo...

Mucha tecnología puede ser contraproducente, no necesariamente mejora el espectáculo, si falta el sentimiento, improvisación

Gracias por comentar a The Wall


Un abrazo