viernes, 12 de junio de 2009

Felisberto Hernández



Gustavo Faverón es un profesor de literatura peruano que mantiene un blog de sumo interés y al que accedo de tanto en tanto y siempre olvido de registrarlo (!!).

En uno de sus últimos apuntes de bitácora, hace referencia a Felisberto, como accedió a la lectura de este notable escritor, y para mejor, incluye unos comentarios de Italo Calvino que yo había leído hace muchísimo tiempo y que tenía perdido en algun vericueto oscuro de la memoria.

Vale la pena transcribir lo que dice Faverón:

"En uno de sus frecuentes raptos de emoción libresca, Mónica Belevan me recomendó hace unas semanas leer Las hortensias, la nouvelle del uruguayo Felisberto Hernández que apareció por entregas en 1949, en la revista Escritura.A Hernández lo he leído poco a poco, a lo largo de muchos años, siempre porque alguien me ha aconsejado hacerlo y me ha puesto en camino a uno de sus libros en particular. Uno diría: si quieren recomendar a alguien y no fallar, recomienden a Hernández. Pero no es tan fácil: se trata de un escritor raro. Uno de los raros.En mi caso, todo comenzó con Luis Jaime Cisneros. La tarde en que lo conocí, Luis Jaime me puso dos libros en la mano: Extraterritorial de George Steiner, y una antología de cuentos de Felisberto Hernández, con la recomendación de empezar por Nadie encendía las lámparas. Años más tarde, en Ithaca, un comentario de otra amiga me lanzó en dirección a dos novelas cortas del uruguayo: Por los tiempos de Clemente Colling y La casa inundada.Esta vez, le conté a Mónica que estaba preparando el sílabo para un curso del próximo semestre, sobre la locura, su representación, y las formas en que ciertas poéticas narrativas pueden leerse por analogía con el lenguaje de una neurosis o de una psicosis (textos esquizoides, textos paranoides; seguramente ustedes pueden pensar en algún ejemplo). Mónica me mandó a leer Las hortensias.La nouvelle de Hernández es una joya. El argumento, aunque lleno de vericuetos, tiene la aparente simpleza del melodrama: amoríos conflictuados, amantes celosos, engaños. Los insólitos triángulos amorosos de la trama, sin embargo, rompen el cristal de la locura: involucran desde montajes teatrales y marionetas funerarias hasta romances entre humanos y muñecas temperadas con agua caliente.Felisberto Hernández era pianista y ese es un asunto que inunda sus narraciones, donde no faltan lo músicos fantasmagóricos y los conciertos gone wrong.En Las hortensias, la entrada del protagonista en la total alienación está representada con un rasgo que parece provenir del imaginario musical: Horacio escucha, cada vez que entra en casa, el ruido de unas "máquinas" o "maquinarias". Nunca se pregunta realmente de dónde viene el sonido, qué lo causa; nadie nunca le explica al lector qué cosas son las máquinas, qué función tienen, qué hacen allí, si en verdad están en algún lugar más allá de la cabeza del personaje.Salvo por pasajes muy breves, el ruido de las máquinas es constante, sostenido, ubicuo, un rumor que corre por detrás de todo lo demás, un ronquido singular: un bajo continuo.Echando mano a ese, que es un recurso musical y no tradicionalmente literario, o, más precisamente, encontrando la manera de introducir en la narración la metáfora de ese recurso musical --el bajo continuo--, Hernández descubre la manera de aludir a esa extraña forma de coherencia y caos que es la mente del alienado: la locura como una presencia eludida y acechante, agazapada pero, a la vez, sensible, notoria, sobrecogedora.Más aun: el ruido de las máquinas, que es el signo de la locura misma (las voces que escucha el esquizofrénico, en la cabeza, o hablándole al oído), se convierte, paradójicamente, en el elemento que da coherencia al texto, que une sus partes disímiles, que da anchura y espesor a la historia y la unifica, y la convierte en un discurso sobre la enfermedad mental.

Calvino se refirió a Hernández como "un escritor que no se parece a nadie, a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos". En esa isla que sólo él habita, hecha de música y delirio, Felisberto Hernández sigue esperando a sus lectores."

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